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De Paso 8 min de lectura

La Ciudadela: los gaviotos de la noche chilanga

Por Bruno Cortés

Cuando cierran las librerías y cae la noche, La Ciudadela se transforma en un teatro secreto de autos, miradas, deseo y personajes de madrugada.

La Plaza de la Ciudadela ha visto de todo, y por eso ya casi no se espanta. Ha visto marchas, libros viejos, estudiantes con cara de no haber dormido, policías aburridos, vendedores que levantan sus puestos como quien recoge los restos de una batalla, parejas que se prometen eternidad junto a una banca pública y borrachos que confunden la patria con una botella tibia.

Pero cuando cierran las librerías, cuando el último vendedor amarra sus lonas y el Centro empieza a quedarse con esa luz amarilla de hospital viejo, La Ciudadela cambia de oficio.

De día presume cultura.
De noche administra secretos.

Entonces aparecen los gaviotos.

No llegan todos juntos, porque eso sería demasiado solemne para una fauna tan paciente. Van cayendo de uno en uno, como sombras que recuerdan una cita que nadie escribió. Caminan sin prisa por las calles cercanas, sobre todo por Enrico Martínez, una vía breve, de apenas unas cuadras, pero suficiente para contener una república entera de deseos estacionados.

Ahí, entre autos que pasan despacio y faros que iluminan de reojo, los gaviotos esperan.

No esperan el camión.
No esperan a Dios.
No esperan justicia.

Esperan que algún automóvil se detenga.

La televisión de los pobres y los desvelados

En el idioma secreto de la zona, algunos le dicen dar tele. La frase es magnífica porque tiene la vulgaridad necesaria y la inocencia de otra época. Como si en vez de una escena privada hubiera una pantalla encendida en plena calle. Como si los vidrios empañados fueran la televisión de los que no tienen sueño.

Las parejas llegan en auto, dan vueltas, se estacionan, tantean el ambiente. Algunas sólo quieren ser vistas. Otras permiten que la noche se acerque un poco más. Unas van con reglas claras; otras improvisan su propia liturgia. Todo ocurre entre adultos que saben, más o menos, a qué fueron, aunque ninguno lo diga con voz alta.

Los gaviotos caminan. Se acercan. Se alejan. Fingen que no miran mientras miran con la precisión de quien lleva años estudiando reflejos en un parabrisas. Hay quienes se quedan en la banqueta, quienes se esconden detrás de un árbol, quienes se recargan en una pared como si esperaran a un amigo que nunca llega.

Y también están los de oficio más antiguo: los que no sólo observan, sino que esperan ser llamados.

Porque en La Ciudadela, a cierta hora, todos quieren algo.
Unos quieren mirar.
Otros quieren ser mirados.
Y algunos quieren que la noche les devuelva la juventud aunque sea en abonos chiquitos.

Los nombres que deja la madrugada

Nadie ahí parece llamarse como se llama en su credencial.

En la noche los nombres verdaderos estorban. Pesan. Comprometen. Por eso la Ciudadela tiene su propio santoral de apodos: el Licenciado Rompeculos, el Hiroito, el Bicicleto, el Greñas, el Mono Capuchino. Personajes que llevan más de una década dando vueltas por la zona, envejeciendo con la paciencia de los postes y la dignidad torcida de los sobrevivientes.

Uno podría burlarse de ellos, y tal vez ellos se burlarían primero. Porque si algo enseña la madrugada es que la solemnidad no sirve para nada cuando uno anda buscando milagros entre coches apagados.

Algunos llegan limpios, perfumados, casi ceremoniales. Otros llegan con la mala facha del que ya no tiene ganas de fingir. Hay oficinistas, choferes, curiosos, veteranos, recién llegados, hombres que dicen “nomás vine a ver” con la misma seriedad con la que otros dicen “nomás vine por pan”.

Y a veces, en efecto, nomás ven.

Pero otras veces la noche se pone generosa.

Una costumbre vieja con zapatos nuevos

Dicen los que llevan años en esto que la cosa viene de lejos. Que desde los años ochenta, cuando el intercambio de parejas empezó a asomarse con menos miedo y más automóvil, La Ciudadela se convirtió en territorio de paso para quienes no encontraban club, casa, permiso ni discreción suficiente.

Entonces tomaron las calles.

No como protesta, aunque algo de protesta tiene el deseo cuando se sale del reglamento. Las tomaron porque la ciudad, tan grande y tan hipócrita, siempre guarda un rincón para lo que públicamente condena y privadamente consume.

Así se fue armando una comunidad improbable: parejas abiertas, mirones profesionales, curiosos de fin de semana, hombres solos, mujeres que mandan, hombres que obedecen, choferes que llegaron por accidente y ya no encontraron la salida.

Algunos reportes han querido reducir todo a prostitución. Puede haber algo de eso, como en casi todo lo que ocurre de noche en una ciudad con hambre. Pero sería demasiado cómodo explicarlo sólo con dinero. Lo que se ve ahí también tiene algo de rito, de costumbre, de teatro barrial, de parroquia sin cura.

Hay quienes no cobran.
Hay quienes no pagan.
Hay quienes sólo van porque les gusta comprobar que todavía existen.

El estacionamiento como segundo mundo

Cuando la calle ya no basta, cuando el auto empieza a volverse demasiado público o demasiado chico, algunos se mueven a un estacionamiento cercano. Ahí cambia la acústica de la noche. Ya no manda la banqueta, sino el eco. Ya no se mira de paso: se entra a una especie de club sin letrero, con cuota mínima y reglas que nadie explica porque todos fingen conocerlas.

En ese espacio cerrado, los gaviotos se agrupan con más confianza. Esperan la llegada de cada coche como si fuera función nueva. Las luces se prenden, se apagan, una puerta se abre, alguien se asoma, alguien pregunta sin preguntar.

En tres horas de observación, pasaron más de una decena de autos con parejas. Algunas buscaban únicamente el vértigo de ser observadas. Otras parecían escoger entre los presentes con la naturalidad con la que se elige canción en una rockola. Había nervios, risas, acuerdos rápidos, silencios largos y esa cortesía extraña de los lugares donde todo mundo sabe demasiado.

Los gaviotos se acomodaban en las ventanas como antes los niños se pegaban a la televisión del vecino. Sólo que aquí la programación era para adultos y nadie cambiaba de canal.

Deyanira y Luis, o la pareja que no pedía permiso

Entre los personajes de esa noche apareció Deyanira, pequeña de cuerpo y enorme de decisión. Llegó con Luis, su pareja, un hombre con estampa de adonis de barrio bajo, camioneta negra y una tranquilidad que sólo tienen los que ya hicieron muchas veces lo que otros apenas se atreven a imaginar.

No parecían perdidos.
No parecían arrepentidos.
No parecían turistas.

Deyanira saludó como quien llega a una reunión conocida. Para ella, el lugar ya no era escándalo sino costumbre. Después de años de frecuentarlo, aquello se había vuelto comunidad: una familia torcida, sí, pero familia al fin, con sus códigos, sus bromas, sus favoritos, sus envidias y sus sábados de gloria.

La ciudad suele llamar pecado a todo aquello para lo que no tiene trámite.

El Oso, el chofer y la clienta

Arturo, conocido como el Oso, contó su historia con la sencillez de quien ya no se debe explicaciones. Es chofer de aplicación. Llegó ahí por una clienta que le pedía llevarla y esperarla. Al principio, dice, aguardaba como cualquier conductor: revisando el celular, mirando el reloj, pensando en la gasolina.

Pero la curiosidad también cobra tarifa dinámica.

Una noche bajó. Luego volvió. Después saludó a alguien. Luego alguien lo reconoció. Y cuando quiso darse cuenta, ya tenía pase de lista los viernes y sábados.

A veces le va bien.
A veces nomás ve.
A veces, como este sábado, la noche lo trata como a hijo pródigo.

Lo mismo ocurre con el Sinaloa, con Ulises el biker y con otros hombres que van a buscar, más que placer, una confirmación: que todavía son vistos, que todavía son posibles, que todavía pueden formar parte de una escena aunque al día siguiente vuelvan al anonimato.

La ciudad que finge no mirar

Lo más curioso de La Ciudadela no es lo que pasa, sino la naturalidad con la que pasa.

A unas cuadras, la ciudad sigue con su vida oficial: policías, tráfico, hoteles, oficinas apagadas, anuncios luminosos, gente que vuelve tarde a casa. Nadie sabe nada, pero todos han oído algo. Nadie mira, pero todos voltean tantito. Nadie acepta que existe, aunque cada viernes y sábado la liturgia se repita con la puntualidad de una misa profana.

La Ciudad de México es así: primero se escandaliza, luego cobra estacionamiento.

Y ahí está la ironía. En una plaza rodeada de historia, libros y monumentos, la noche levanta su propio archivo: uno hecho de vidrios empañados, pasos lentos, apodos, autos detenidos y deseos que no caben en la versión turística de la capital.

La Ciudadela no duerme.
Sólo espera que se vayan los vendedores.

Después apaga la cultura de aparador, prende su televisión secreta y deja que salgan los gaviotos, esos pájaros de banqueta que no vuelan porque aprendieron que, en esta ciudad, los mejores restos no siempre caen del cielo.

A veces llegan en coche.

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