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ABIERTO
YA PASABA DE LA MEDIANOCHE…

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Garibaldi: mariachi afuera, burlesque adentro

HAB. 028 POR admin 03·07·2026 8 MIN BAJO EL NEÓN

Por Bruno Cortés

Garibaldi no siempre fue esa postal domesticada donde los turistas se toman la foto con sombrero prestado y sonrisa de tequila caro. Antes de que la plaza aprendiera a posar para los visitantes, ya sabía otras cosas: servir pulque, esconder músicos, levantar carpas, encender marquesinas y dejar que la noche se quitara la vergüenza detrás de una cortina roja.

Dicen que desde 1830 la zona empezó a llenarse de pequeños locales de pulque, de esos donde la tristeza entraba caminando y salía cantando. También dicen que antes fue Santa Cecilia, como la patrona de los músicos, porque en México hasta el desorden necesita una santa que lo cuide. Después le pusieron Garibaldi, en honor a José “Peppino” Garibaldi, combatiente maderista, como si el nombre de un revolucionario pudiera ordenar una plaza que siempre ha tenido más vocación de cantina que de monumento.

Pero Garibaldi nunca fue una sola cosa.

Fue mariachi y tequila, sí.
Pero también fue carpa, teatro de revista, tanda de medianoche, vedette con plumas cansadas, albur de camerino, censor con cara de domingo, empresario de saco brilloso, table dance para los que no podían pagar otro lujo y decadencia urbana servida con birria.

La ciudad tiene esos lugares: por fuera parecen folclor, por dentro son expediente.

La Casa del Burlesque

A finales de los setenta, cuando todavía había quien creía que la moral pública se podía cuidar con tijeras, comenzaron a desfilar por Garibaldi bailarinas “con ropa y sin ropa”, según prometían los programas con una inocencia digna de juzgado. Los anuncios vendían espectáculos “como en París o Las Vegas”, aunque París quedara lejos, Las Vegas más lejos todavía, y la banqueta de Garibaldi oliera a caldo, gasolina y perfume barato.

Desde 1978, el teatro que terminó bautizado por muchos como La Casa del Burlesque abrió la puerta a otra clase de peregrinos. Ya no sólo iban los que buscaban canción para la novia infiel o despedida de soltero con trompetas. También llegaban los que querían mirar un espectáculo donde la picardía nacional se subía al escenario con medias, lentejuela y un nombre artístico que sonaba mejor que cualquier acta de nacimiento.

No tardó en aparecer la competencia, porque en México si algo deja para pagar la luz, de inmediato le sale primo, vecino y sucursal.

Frente al Garibaldi, el Nuevo Teatro Colonial comenzó a coquetear con el burlesque hacia 1979. El Nuevo Folis, inaugurado en 1983, también acabó entregado al género con la resignación alegre de quien descubre dónde está el negocio. En la Plaza Santa Cecilia hubo intentos de revivir el viejo Follies. Y entre los episodios más sabrosos quedó aquel Nuevo Follies que abrió en 1974 con espectáculo estilo París y Las Vegas, con Rosa de Castilla como estandarte de un glamour que en Garibaldi siempre tuvo que esquivar charcos.

Porque ahí estaba la maravilla: todo quería parecer internacional, pero todo seguía siendo profundamente chilango.

Las luces prometían París.
La banqueta contestaba Tepito.
Y la noche, que no es patriota ni cosmopolita, cobraba boleto.

Los fotógrafos de la madrugada

Por ahí de 1988 empecé a trabajar en un diario. Todavía olía a tinta, a cigarro de redacción y a café recalentado. Mis amigos Juventino y Daniel ya se movían por Garibaldi como quien conoce las puertas traseras de un palacio venido a menos. Ellos fotografiaban a las vedettes de los burlesques, esas mujeres que aparecían en las marquesinas como promesa de una noche más generosa que el salario.

Una vez me dijeron:

—Vamos.

Y uno, cuando es joven y trae cámara, confunde cualquier invitación con destino.

Garibaldi era para los fotógrafos una especie de base secreta de los trasnochados. Ahí se juntaban los que cubrían espectáculos, los que venían de una función, los que esperaban otra, los que ya no sabían si estaban trabajando o simplemente huyendo de su casa. Podías comer a cualquier hora: birria, pozole, carne asada, postres, café, tacos, lo que el estómago pidiera para no aceptar que ya era demasiado tarde.

La plaza alimentaba igual a mariachis que a borrachos, igual a reporteros que a bailarinas, igual a fotógrafos que a hombres con mirada de haber perdido algo, aunque nadie supiera qué.

Pero para nosotros había otro santuario: una tiendita donde vendían rollos Fuji, los famosos propack, y también cargas de blanco y negro hechas a mano. De una lata de cien pies de película salían aquellos rollos baratos que nos salvaban la noche. Si se te acababa la película a las dos o tres de la mañana, no ibas a llorar al periódico: ibas a Garibaldi.

Ahí se vendía de todo: comida, música, deseo y hasta tiempo fotográfico.

El Chespiro y las marquesinas

Las damas de la noche estaban en los burlesques, pero no como pecado: estaban como industria. Tenían horarios, camerinos, rutinas, empresarios, público y necesidad de promoción. Y para eso hacía falta la fotografía.

El encargado era un personaje que todos conocíamos como el Chespiro, por su parecido con Chespirito. Tenía esa cara de hombre que podía parecer inofensivo mientras resolvía asuntos que no cabían en una oficina. Él nos contrataba para hacer las fotos de sus artistas.

El problema era revelar.

En ese tiempo, ningún laboratorio común quería meterse con esas imágenes. No porque fueran gran cosa para los estándares de la imaginación mexicana, sino porque la moral de mostrador siempre ha sido más cobarde que la moral de madrugada. Las vedettes posaban con poquita ropa; muy poquita, digamos la verdad. Eran telas que habían pasado cerca del cuerpo y se habían quedado pegadas por pura voluntad artística.

Esas fotos iban a parar a la entrada de los teatros, a las marquesinas, a los carteles que prometían una semana distinta a todas las semanas iguales.

Nosotros teníamos laboratorio en el diario. Y eso nos volvió proveedores de primera fila. Teníamos cámaras, rollos, ampliadora, papel, químicos y, sobre todo, menos miedo al escándalo que los laboratorios de barrio. El combo perfecto para una ciudad que necesitaba imágenes, pero no quería admitir de dónde salían.

Cada jueves renovábamos las fotos de las artistas. Cada jueves se armaba otra procesión de poses, plumas, tacones, maquillaje, luces calientes y nombres imposibles. Cada jueves la plaza cambiaba de rostro sin dejar de ser la misma.

Mariachi afuera, burlesque adentro

Durante dos años recorrí esa zona entre la birria, los rollos de bajo costo y una lista interminable de marquesinas ilustradas con las fotos de los jueves. Una puerta competía contra la otra por el mismo público. Afuera sonaba el mariachi, adentro esperaba el burlesque, al lado respiraba el cabaret, y en medio de todo pasaba la gente con esa doble moral tan nuestra: mirar de reojo lo que después iba a condenar de frente.

Garibaldi era una maquinaria nocturna. Cada quien tenía su papel. El mariachi cantaba. El mesero apuraba. El fotógrafo disparaba. La vedette sonreía. El empresario contaba. El borracho pedía otra. El censor imaginario se persignaba desde alguna oficina. Y la plaza, vieja y maliciosa, dejaba que todos creyeran que mandaban.

No mandaba nadie.

Mandaba la noche.

Y la noche en Garibaldi siempre fue más inteligente que sus administradores. Sabía disfrazarse de tradición cuando llegaban las autoridades. Sabía ponerse sombrero cuando venía el turista. Sabía encender el neón cuando caía la madrugada. Sabía guardar en un mismo metro cuadrado una canción ranchera, una carcajada obscena, una bailarina cansada y un fotógrafo contando monedas para comprar más película.

La ciudad oficial quiso vender Garibaldi como música mexicana, plaza familiar, tequila y postal. Pero la memoria sabe más. La memoria recuerda el pulque, las carpas, el teatro de revista, las tandas de medianoche, los albures, los programas que prometían París, las vedettes que posaban para marquesinas y los fotógrafos que revelaban, en blanco y negro, aquello que la ciudad veía a colores y negaba en público.

Garibaldi fue, y quizá sigue siendo, una contradicción con trompeta.

Un sitio donde el mariachi le cantaba al amor perdido mientras, a unos pasos, el burlesque demostraba que no todo amor necesita serenata. Un lugar donde se podía cenar birria a las tres de la mañana, comprar película barata, tomar una foto imposible y salir con la sensación de haber visto una ciudad que nunca aparece en los informes de gobierno.

Porque Garibaldi no fue solamente mariachi y tequila.

Fue también ese teatro secreto donde la CDMX ensayó su propio número de decadencia: un pie en la tradición, otro en la tentación, una mano en la cartera y la otra sosteniendo el flash.

Y cada jueves, cuando las nuevas fotos subían a las marquesinas, la plaza volvía a decir lo mismo sin decirlo:

Pasen, señores.
La noche todavía tiene función.